La infidelidad masculina no es un impulso: es un aprendizaje social

Cuando un hombre casado se acerca a otra mujer, el foco rara vez se coloca donde debería. No se habla de responsabilidad, de ética ni de decisión. Se habla de tentación, de descuido, de crisis de pareja. O peor aún: se habla de la mujer a la que se acerca. Como si la infidelidad no fuera un acto elegido, sino una consecuencia inevitable de la presencia femenina.

La infidelidad masculina no surge de la nada. Tiene causas concretas y profundamente sociales. A muchos hombres se les ha educado en la idea de que el deseo masculino es incontrolable y prioritario, de que la monogamia es una exigencia más pesada para ellos que para las mujeres, de que su frustración sexual o emocional legitima la búsqueda fuera de la pareja. No se trata solo de querer, sino de creer que se puede.

A ese aprendizaje se suma un entorno que lo valida. Amigos que aplauden, silencios que protegen, bromas que minimizan, relatos culturales que presentan al hombre infiel como alguien “débil” o “confundido”, pero nunca como alguien que traiciona un acuerdo. La infidelidad masculina se practica, se justifica, se normaliza y, en muchos casos, se celebra. Quizás hayáis oído muchas veces lo de: ¡Arriba los hombres infieles!

Las causas que suelen esgrimirse —rutina, falta de deseo, conflictos de pareja— funcionan más como coartadas que como explicaciones. Porque ninguna insatisfacción convierte la infidelidad en una obligación. Si hay malestar, hay palabra. Si hay conflicto, hay negociación o ruptura. Pero elegir engañar no es una reacción automática: es una decisión sostenida en la certeza de que las consecuencias serán asumibles.

Y aquí aparece uno de los mecanismos más perversos: la culpa desplazada. Cuando se descubre la infidelidad, la pregunta social no suele ser qué hizo él, sino qué faltaba en ella. Se examina el cuerpo de la mujer, su carácter, su disponibilidad, su dedicación. Se la responsabiliza de no haber retenido, comprendido o satisfecho. A la otra mujer, en cambio, se la acusa de provocar, de aceptar, de no retirarse a tiempo. Dos mujeres culpables, un hombre justificado.

Las consecuencias de este relato son profundas. La mujer engañada carga con la reconstrucción emocional, con la duda permanente, con la sensación de insuficiencia. La mujer señalada como “la otra” soporta el estigma social, incluso cuando no conocía la situación o cuando fue objeto de insistencias, presiones o manipulaciones. Y muchas de muchas mentiras. El hombre, mientras tanto, queda en el centro de una historia que le excusa.

No podemos obviar, además, que muchas dinámicas de infidelidad masculina se sostienen en prácticas que rozan el acoso. Mensajes reiterados, contacto no solicitado, uso del halago como insistencia, promesas ambiguas, victimismo emocional. Cuando un hombre casado se acerca a una mujer desde una posición de ventaja —edad, jerarquía, estatus— no siempre hay igualdad de condiciones. Y no siempre hay consentimiento libre.

Hablar de infidelidad masculina exige, por tanto, salir del terreno moral y entrar en el político. Preguntarnos qué tipo de masculinidad seguimos tolerando, qué comportamientos seguimos excusando y por qué la libertad masculina se construye tantas veces sobre el malestar femenino.

No es cierto que los hombres sean infieles porque no pueden evitarlo. Son infieles porque han aprendido que pueden hacerlo. Porque saben que el castigo social será leve, que la comprensión será amplia y que, pase lo que pase, habrá una mujer a la que señalar.

Romper con este marco implica algo más incómodo que condenar la infidelidad: implica dejar de justificarla. Implica exigir responsabilidad adulta, coherencia emocional y ética relacional. Implica, también, dejar de cargar sobre las mujeres el peso de decisiones que no les corresponden.

La infidelidad masculina no es un impulso. Es un permiso. Y mientras ese permiso siga intacto, el daño seguirá repitiéndose con distintos nombres y los mismos cuerpos.

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