Por Alberto Amaro
En una sala de espera cualquiera, de esas donde el tiempo parece avanzar más lento que el segundero del reloj, ocurrió una escena que recordó el verdadero significado de la protección y el amor.
Mientras aguardaba atención médica, observé a una familia llegar con su hija pequeña. La rutina hospitalaria no distingue edades: formularios, turnos, nombres en voz alta. Pero para una niña, la palabra “estudios” puede convertirse en un monstruo invisible.
La madre, con voz serena y un miedo apenas perceptible, le explicó que le extraerían sangre. “Te van a poner una inyección”, dijo suavemente. La menor comenzó a temblar. No gritó. No corrió. Buscó su refugio: un oso de peluche color rosa.
Lo abrazó con fuerza.
En ese gesto había historia. Ese oso no era un simple juguete; era compañero de noches oscuras, guardián contra pesadillas, testigo de lágrimas y risas. Era, en ese instante, el puente entre el miedo y el valor.
El padre se inclinó a su altura. No llevaba capa, ni traje de superhéroe. No era Superman, ni Batman, ni el Capitán América. Era algo más poderoso: un padre presente. La niña lo tomó de la mano mientras con la otra apretaba su oso contra el pecho.
En el consultorio, la enfermera anunció con tono amable: “Te voy a poner una liguita”. La menor cerró los ojos. La aguja apareció. El miedo, ese viejo enemigo que a muchos adultos todavía nos paraliza, se hizo presente. Lloró. Lloró fuerte. Pero no se movió.
“No te vayas a mover”, pidió la enfermera.
“Yaaa”, sollozó la niña.
“Ya”, respondió la enfermera segundos después.
El tormento terminó. El martirio fue breve. Y en ese pequeño campo de batalla, la niña ganó. No estaba sola. Su padre sostenía su mano. Su oso sostenía su valentía.
Afuera, la madre la recibió con una frase que debería repetirse más seguido en el mundo: “Qué valiente eres”. El padre, con la firmeza quebrada en el rostro, la llenó de besos. En sus ojos también había lágrimas contenidas. Porque el dolor de un hijo siempre perfora más hondo que cualquier aguja.
Cuando salieron, olvidaron la chamarra de la niña. El frío no perdona en los pasillos médicos. Sin pensarlo, la madre se quitó su abrigo negro y cubrió a su hija y al inseparable oso rosa. Ella caminó con frío; la niña, protegida.
Años atrás, mis propios hijos tuvieron sus osos de peluche. Hoy descansan en un mueble de su habitación, testigos mudos de una infancia que se fue. Pero escenas como la de esta mañana confirman que esos muñecos de tela son mucho más que objetos: son extensiones del amor, pequeñas fortalezas portátiles que ayudan a enfrentar el mundo.
Quizá los adultos ya no cargamos osos de peluche cuando enfrentamos agujas, diagnósticos o miedos más grandes. Pero seguimos necesitando lo mismo que aquella niña: una mano firme, una voz tranquila y alguien que, aunque también tenga miedo, nos diga al final: “Ya pasó”.
Porque al final, la valentía no es la ausencia de miedo. Es abrazarlo… y aun así entrar al consultorio.
Fotografía elaborada con Gemini
