_De promesa en el templo a show en el balcón: el giro simbólico de La Noche que Nadie Duerme en Huamantla_
Huamantla, Tlax. – La Noche que Nadie Duerme tiene una lógica que todo católico entiende sin que se la expliquen: el pueblo vela, trabaja, y se desvela haciendo tapetes de aserrín para que Ella pase. La Virgen de la Caridad no visita casas, el pueblo le hace camino para que pase por encima de su esfuerzo, el pueblo se abaja, Ella se exalta.
De ahí que por eso hace ruido la escena de los últimos años.
Porque hay una cronología que todos en Huamantla han visto. Antes, Carlos Rivera cumplía como muchos huamantlecos: entraba a la parroquia y, desde abajo, a ras de suelo, le cantaba Las Mañanitas a la Virgen. Era el feligrés que regresa a cumplir una manda. Era coherente con la fe: uno va a Ella.
Ahora la escena se invirtió totalmente ahora la imagen, que recorre durante 7 horas más de 7 kilómetros de alfombras efímeras, se detiene. No frente a un altar o iglesia, sino frente a una propiedad privada en el centro, y desde un segundo piso, desde arriba, con micrófono, luces y balcón lleno de políticos, familiares y cámaras, el cantante le canta a la Virgen que lo espera abajo.
Sé que muchos defenderán que así sea. Dirán que le da proyección a Huamantla, que al menos no se olvidó de su pueblo como otros famosos, y que es su manda y hay que respetarla. Y todo eso es cierto, su devoción no está en duda y su fama sí le ha dado vitrina a esta tierra.
El punto no es si debe cantar o no. Claro que debe cantar si es su promesa, el punto es cómo, dónde y qué símbolo deja, porque una cosa es que el hijo famoso del pueblo regrese a cantar entre su gente, y otra muy distinta es que el pueblo tenga que detener a su Reina para mirarlo cantar desde arriba, desde un balcón privado convertido en palco. Lo primero es comunidad, lo segundo es privilegio.
Y ahí es donde la tradición hace ruido en tres niveles.
El primero, teológicamente, el símbolo duele. En la fe católica nadie está por encima de María en esa noche. La Asunción que se celebra es precisamente que María es llevada al cielo, es la Reina. Ponerla abajo, detenida, mientras el artista está arriba, rompe la jerarquía más elemental de la devoción.
El segundo, comunitariamente, cambia el sentido. La Noche que Nadie Duerme es poderosa porque es anónima. El artesano sabe que su tapete de 12 horas será pisado en tres minutos por la Virgen y destruido. Esa es su ofrenda, esa es su humildad es la que no se ve en un balcón. La Virgen ya no sale solo a bendecir las calles del pueblo, ahora parece que va a una casa.
Y tercero, en humildad y custodia, se pierde el origen. Si la Mayordomía y la Iglesia son las custodias de una procesión que es del pueblo que regala su trabajo sin firmar, ¿quién y con qué autoridad decidió que la Virgen tiene parada oficial frente a una propiedad privada, con palco y lista de invitados? Cuando al balcón suben desde políticos, actores e invitados, lo que era una manda se vuelve evento.
Si la tradición quiere sobrevivir a la fama, tendría que volver a lo básico: que Carlos baje del balcón y cante, como antes, a ras de suelo, entre la gente, sin detener la procesión. Que sea uno más que vela, no el motivo por el que se detiene la Virgen.
Porque en Huamantla, la que debe estar arriba siempre, es Ella.
Y nos deja tres preguntas para todos los que esa noche no dormimos:
1. Si la manda se cumple igual con y sin cámaras, luces y palco VIP, ¿en qué momento dejó de ser promesa y empezó a ser producción?
2. Si en esa noche todo el pueblo está abajo, haciendo camino para que Ella pase por encima, ¿qué le decimos a la Virgen cuando le pedimos que se quede abajo y nos mire cantar desde arriba?
3. Si la procesión es del pueblo que trabaja sin firmar, ¿quién autorizó que la Virgen se detenga a bendecir un palco con invitados?
Pero estamos a días de La Noche Que Nadie Duerme y, aunque aún no hay confirmación oficial, todo apunta a que de nueva cuenta Carlos Rivera le cantará a la Virgen desde el balcón. Al final, ya es tradición.
