El Judas de Tlaxcala y la amnesia selectiva

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Por: Alberto Amaro

Hay políticos que cambian de partido como de camisa. Otros cambian de discurso según la silla donde les toque sentarse. Y luego está Raymundo Vázquez Conchas, quien parece haber descubierto la transparencia justo el día en que dejó de tener llave para entrar por la puerta principal del poder.

La escena ocurrida este martes fue, por sí sola, una metáfora de la política tlaxcalteca. En un restaurante coincidieron la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, Alfonso Sánchez García, el exgobernador Héctor Ortiz Ortiz y, por esas casualidades que tanto gustan en la política, también Raymundo Vázquez Conchas.

Algunos quisieron vender la versión de un “encontronazo”. En realidad, pareció más bien el retrato de una indiferencia perfectamente calculada. Héctor Ortiz y Alfonso Sánchez saludaron al diputado federal con licencia. La gobernadora simplemente siguió su camino. A veces el silencio dice más que un discurso de una hora.

Pero lo verdaderamente interesante no fue el saludo que nunca llegó, sino la memoria que tampoco llega.

Hoy Raymundo exige cuentas, habla de transparencia, critica decisiones y se presenta como un vigilante del poder. Qué bueno. La democracia necesita opositores. Lo que también necesita son opositores con memoria… y, sobre todo, con congruencia.

Porque cuando formaba parte del círculo cercano del poder, cuando el respaldo político llegaba desde la familia gobernante y cuando Morena le abría las puertas, las denuncias brillaban por su ausencia. En aquel entonces, el silencio parecía ser la mejor estrategia.

¿No había irregularidades?

¿No existían decisiones cuestionables?

¿No había nada que denunciar?

Resulta difícil creer que todos los problemas aparecieron exactamente el día en que terminó la cercanía política y personal.

La crítica pierde fuerza cuando parece nacer más del resentimiento que de los principios. Porque denunciar después de abandonar la mesa siempre será más cómodo que hacerlo mientras todavía se disfruta del banquete.

La política está llena de conversos de última hora. Personajes que descubren la ética cuando dejan de recibir llamadas, la transparencia cuando les cierran las puertas y la indignación cuando ya no aparecen en la fotografía oficial.

No se trata de impedir que critique al gobierno. Al contrario. Que critique todo lo que considere necesario. Pero también debería explicar por qué calló cuando ocupaba posiciones privilegiadas y por qué su voz despertó únicamente después de quedar fuera del círculo de confianza.

Dicen que la traición es cuestión de fechas. En política, muchas veces también es cuestión de conveniencias.

Por eso algunos ya le han colgado un apodo que, con razón o sin ella, refleja la percepción que existe entre ciertos sectores: “El Judas de Tlaxcala”. No por las críticas que hoy lanza, sino porque, para muchos, primero disfrutó de las mieles del poder y después decidió desconocer la mesa donde alguna vez se sentó.

Al final, cada quien es libre de reinventarse. Lo que no puede reinventarse es la memoria colectiva. Y esa suele ser mucho más implacable que cualquier adversario político.