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Cuando la autoridad se vuelve ternura

De Redacción La Prensa de Tlaxcala
25 enero, 2026 2 Minuto Lectura
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Por: Alberto Amaro

En una escuela, a veces, lo más importante no ocurre en el aula ni queda registrado en un cuaderno. Sucede en los pasillos, en la dirección, en un recreo interrumpido. Sucede cuando alguien decide mirar a un niño no como un problema, sino como una historia.

Aquella mañana, la escena parecía cotidiana: un niño pequeño, de unos siete u ocho años, era reprendido por una maestra con un rigor desmedido. El menor insistía, con una voz temblorosa, que no había hecho aquello de lo que se le acusaba. Sus ojos, grandes, abiertos, asustados, hablaban más que sus palabras. No pedían impunidad, pedían ser escuchados.

Entonces apareció ella. Una mujer conocida por su carácter firme, por una autoridad que rara vez se cuestiona. Pero ese día no llegó para imponer, sino para comprender. Se detuvo. Escuchó. Y en lugar de elevar la voz, la suavizó.

—Ve a tu salón —le dijo al niño—. Yo hablo con la maestra.

Nada más.

El niño dio la vuelta sin dudar. En ese gesto breve había alivio, confianza y una certeza infantil: alguien lo había visto. Quizá pensó, como pensaríamos cualquiera de nosotros: ya la libré. Pero lo que realmente ocurrió fue más profundo: alguien le enseñó que el mundo adulto también puede ser justo.

Cuando la directora Cecilia, regresó a la dirección, su rostro había cambiado. Había serenidad en su mirada. Porque ella sabía algo que no todos sabían: ese niño había sido abandonado por sus padres. Cargaba una herida temprana, de esas que no siempre se expresan con palabras, sino con conductas.

Desde una pedagogía humanista, esto no es un dato menor. Los niños que viven abandono, violencia o carencias emocionales suelen manifestarlo en el aula. No como desafío consciente, sino como lenguaje del dolor. La conducta, muchas veces, es el único medio que tienen para decir: algo no está bien.

Educar, entonces, no es solo corregir errores visibles. Es leer contextos invisibles. Es entender que la escuela, para muchos alumnos, es el único espacio donde pueden sentirse seguros, escuchados y protegidos. Donde una voz adulta puede convertirse en refugio.

Ese día no hubo sanción.
No hubo reporte.
No hubo castigo ejemplar.

Hubo humanidad.

Y eso también es educación.

Una reflexión para quienes educan

Ser maestro no es únicamente transmitir contenidos; es sostener infancias. Cada alumno llega al aula con una mochila distinta: algunos traen libros, otros traen ausencias, miedos, silencios. Cuando un docente elige escuchar antes de juzgar, está enseñando una lección que ningún programa académico puede suplir.

Actuar con sencillez, con empatía y con humanidad no debilita la autoridad: la dignifica. Porque un niño que se siente comprendido aprende mejor, confía más y recuerda para siempre a quien lo trató con respeto.

En tiempos donde la prisa y la exigencia parecen dominar la educación, recordar esto es urgente:
educar también es cuidar.

Autor

Redacción La Prensa de Tlaxcala

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