El Judas de Tlaxcala

Por: Alberto Amaro

En el cada vez más entretenido, y a veces vergonzoso, circo político tlaxcalteca, ya comenzó a sonar con fuerza un nuevo sobrenombre para el diputado federal Raymundo Vázquez Conchas: “El Judas de Tlaxcala”. Y no es para menos, porque cuando el poder, el dinero y el cobijo familiar se esfuman, parece que también se evapora la lealtad.

Resulta que el ahora famoso “Judas” salió recientemente a declarar, con pose de víctima incomprendida, que el secretario de Gobierno, el morelense Luis Antonio Ramírez Hernández, le habría pedido renunciar a la candidatura a la diputación federal. Según su versión, él muy digno se negó, argumentando que el funcionario “ni siquiera es de Tlaxcala” y que eso afecta a los tlaxcaltecas.

¡Vaya descubrimiento patriótico!

Lo curioso es que ese amor repentino por la defensa de Tlaxcala no apareció cuando gozaba de las mieles del poder, de las canonjías oficiales y del abrazo protector de la familia Cuéllar. Ahí no hubo reclamo, ni indignación regionalista, ni discursos de soberanía estatal. Ahí todo estaba perfecto.

Pero como en política no hay peor tragedia que quedarse sin padrino… ni sin cartera.

En los últimos meses, luego de que trascendieran públicamente sus conocidas infidelidades a la hermana de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, el diputado federal pasó de ser “miembro distinguido de la familia política” a simple mortal sin respaldo, sin estructura, sin recursos y, sobre todo, sin la bendición de su ex cuñada.

Traducido al lenguaje coloquial: lo aventaron a la banqueta política.

Y fue justamente ahí, entre el desamparo y el resentimiento, donde comenzó a brotar el verdadero Raymundo Vázquez Conchas: uno molesto, despechado y decidido a morder la mano que durante años le dio de comer.

Porque siendo honestos, en Tlaxcala todos saben que sin el cobijo de la familia Cuéllar, Raymundo seguiría siendo aquel trabajador de Apizaco que muchos recuerdan por su correcto desempeño como vidriero, oficio noble y respetable, pero muy distante de los reflectores legislativos que hoy presume.

Sin apellido prestado, sin cuñada gobernadora y sin estructura oficial, la historia sería otra… bastante más modesta.

Por eso no sorprende que, urgido de oxígeno político, el “Judas de Tlaxcala” haya corrido a buscar refugio bajo el ala de la senadora Ana Lilia Rivera Rivera, aquella misma que suele repartir descalificaciones con la misma facilidad con la que reparte discursos de superioridad moral.

La alianza es perfecta: una senadora confrontada y un diputado despechado. Dinamita pura… aunque mojada.

Hoy, Raymundo quiere venderse como opositor incómodo, como perseguido del sistema, como rebelde con causa; sin embargo, en los corrillos políticos todos entienden que no se trata de convicción sino de ardor político. Porque una cosa es disentir por principios y otra muy distinta es reclamar después de perder privilegios.

En resumen: mientras hubo mesa puesta, calló; cuando le quitaron la silla, empezó a gritar.

Así de sencilla es la doctrina del Judas.

Y dicen las malas lenguas, que en Tlaxcala casi siempre son las mejor informadas, que este próximo fin de semana podría aparecer nuevamente en su carnicería favorita para desahogar frustraciones con su entrañable amigo “Cacha Fallas”, quizá repitiendo entre carnitas y longaniza aquella ya célebre frase dedicada a mi persona:

—“¡Chingue yo a mi madre!”

Desde aquí, por supuesto, se le agradecen profundamente las mentadas, porque confirman que la pluma sigue pegando donde más duele: en el orgullo del traidor.

Porque cuando la gratitud muere y la ambición habla… nace un Judas.

Y en Tlaxcala ya tiene nombre y apellido.

Raymundo Vázquez Conchas.