El gran negocio de la política en Tlaxcala

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    En vísperas del próximo proceso electoral, pasando por alto la emergencia sanitaria, muchos atorrantes políticos desean ya agenciarse de modo obsceno, maniático, una candidatura, ya sea como presidente municipal, diputado, presidente auxiliar hasta gobernador.

    Quienes integran esta cáfila –con honrosas excepciones- sólo buscan “hacer negocios” valiéndose de su puesto tal como a diario denuncian las redes sociales; noticias que delatan los <negocios> que desarrollan desde alcaldes, diputados, hasta magistrados y jueces que exoneran tanto delitos contra la salud como a padrotes.

    Existe en Tlaxcala una sub especie de estudiantes mediocres –pero con nexos políticos y sindicales- que terminan la universidad (no todos) como pueden, pero que el título llegado el momento servirá a los fines; lo mismo da licenciado en herbolaria que MVZ.

    Esta caterva se refugia en los partidos políticos y se desempeña en las diversas secretarías “apadrinado” como en la mafia siciliana por algún familiar o funcionario encumbrado.

    La mayoría de las ocasiones comienzan como asistentes o bien repartiendo y fijando propaganda en las campañas; los más avezados cooptando a grupos filiales en el adoctrinamiento y promoción del voto; existe la formación de cuadros y la cobertura de los sectores: para todos hay.

    A partir de aquí todo es cuestión de besar escrotos con eficiencia para escalar puestos: algunos llegan a diputados, senadores, hasta los que se auto proclaman candidatos a gobernadores olvidando su turbio pasado como vende plazas; al fin que hubo quienes con escaso intelecto pero grandes dotes histriónicas llegó a presidente: Fox. Actualmente los arribistas, incluyendo algunas féminas esperan impacientes el sustancioso boleto como pago a su obsecuencia: hicieron encomiendas, lisonjearon, solaparon a sus dirigentes e inclinaron muchas veces la testa en señal de sumisión. Si las cifras los favorecen llegó su turno de “hacer negocios” abusando del puesto y del fuero. Acá es inspiradora la frase del profesor rural y después magnate Carlos Hank González fundador del grupo Atlacomulco: “Un político pobre, es un pobre político”, axioma que se convirtió en un credo del sistema político mexicano.

    Son contados los políticos de ayer y hoy, que perciben la política como práctica de interés público y de bienestar para los ciudadanos; hechos que nos toca testimoniar en las evaluaciones mañaneras del ejecutivo, a despecho de los apáticos, así como los destetados del sistema.

    En varios estados del país, partidos, funcionarios, diputados y gobernantes idealizan la política ante todo, como un medio de enriquecimiento para ellos, sus familiares, sus prestanombres, amigos y grupos filiales; como un medio de beneficiarse a costillas del erario público por medio de jugosas asignaciones de secretarías, fideicomisos millonarios >para reforestar la malintzi, hasta purificar las aguas del zahuapan<, concesiones de verificentros y un sinfín de lucrativos negocios sexenales para pagar la lealtad y el –apoyo- de las campañas, al margen de sus supuestas ideologías. El precepto constitucional de que los partidos son institutos de interés público es una farsa, es decir, una artimaña argumentativa de una falacia… una verdad aparente.


    El actual régimen de partidos –al margen de colores e ideologías- se han convertido en lo contrario: entidades de interés privado, en vulgares agencias de colocación de empleos para familiares y amigos, en feudos de poder al amparo de los cuales se realizan suculentos contratos, adquisiciones, constructoras y transiciones con el capital privado, nacional y extranjero; tienen como lema –el que no tranza no avanza- en ningún ámbito del hacer público y de gobierno.
    Para ello tienen a su servicio una numerosa y distinguida plantilla de promotores chayoteros tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales; esta nueva versión del maridaje ya engendró hijos: los Hackers; todos ellos luchan encarnizadamente por aumentar sus emolumentos y privilegios: no es casualidad que en tiempos electorales los medios engullen más del 60% de TODOS los presupuestos de los partidos políticos, llegando esta voracidad a engullir capitales privados; ocupados en (marketing) la deificación de sus patronos hasta niveles de excelsitud y con ello asegurar el aumento de sus estipendios durante el próximo sexenio al triunfo de la causa.

    Todo es negocio: el fin justifica (a) los medios.

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