Por: Alberto Amaro
En Tlaxcala dicen que el Partido Revolucionario Institucional está “renovado”, “fortalecido” y —cómo no— ahora hasta con perspectiva de género. Nada como una buena capa de barniz moderno para cubrir décadas de historia… aunque debajo siga oliendo a archivo viejo.
Porque sí, el PRI anda muy entusiasmado organizando copas deportivas, talleres y conferencias, como si con eso alcanzara para borrar el pequeño detalle de que gobernaron México durante 71 años seguidos. Setenta y uno. Lo suficiente para que varias generaciones nacieran, crecieran y aprendieran que la democracia era algo así como un trámite ornamental.
Hoy hablan de “defensores de México”, cuando durante décadas muchos ciudadanos tuvieron que defenderse… pero del propio sistema. Ahí está la memoria incómoda: la Matanza de Tlatelolco, el “Halconazo”, los fraudes electorales como el del 88, y esa creatividad infinita para reinventar la corrupción en cada sexenio.
Pero tranquilos, que ahora vienen con talleres.
Dicen que impulsarán el liderazgo femenino, y eso suena bien, hasta que uno recuerda que el problema nunca fue de género sino de prácticas. Cambiar caras sin cambiar mañas es como cambiarle el mantel a la mesa… cuando lo que está podrido es lo que se sirve encima.
Y es que el PRI tiene una cualidad admirable: su capacidad de adaptación. Sobrevivió a la caída del sistema, a escándalos de gobernadores prófugos, a regresos fallidos como el de Enrique Peña Nieto, y aun así insiste en que ahora sí, de verdad, de verdad, ya cambió.
En Tlaxcala no son nuevos rostros los que encabezan este “renacimiento”, sino los mismos apellidos, las mismas estructuras, los mismos que llevan años orbitando el poder. Dinosaurios, pues. Algunos ya con discurso reciclado en versión “incluyente”, pero dinosaurios al fin.
Y uno no puede evitar acordarse de la sabiduría popular, esa que no necesita consultores ni encuestas:
Diría mi abuelita: “perro que traga mierda una vez… la tragará toda su vida.”
Quizá por eso, más que conferencias y copas, lo que muchos esperan no es un cambio de imagen, sino una verdadera extinción… política, claro.
