Por: Alberto Amaro
Hay políticos que entienden las encuestas como una herramienta para crecer. Otros, como Delfino Suárez, parecen verlas como un espejo incómodo que, elección tras elección, insiste en recordarles exactamente en qué lugar están: el último.
Las recientes mediciones internas de Movimiento Ciudadano confirman lo que ya no es tendencia sino destino. Mientras en la parte alta Danae Figueroa, Mariana Jiménez y Gregorio Cervantes se disputan décimas en un cerrado empate, abajo, muy abajo, hay una zona que ya tiene dueño permanente: el 2 por ciento. Y ese territorio, hay que decirlo, parece tener escritura pública a nombre de Delfino Suárez.
Porque no se trata de una mala racha. Eso implicaría que en algún momento hubo algo que perder. Lo de Suárez es más bien una línea recta hacia la irrelevancia, una consistencia casi científica en no conectar, en no figurar, en no existir políticamente más allá del registro de su nombre en una lista.
El dato —ese diminuto 2 por ciento— no solo es lapidario, es hasta generoso. En algunos círculos ya se comenta, con una mezcla de sarcasmo y resignación, que ni siquiera ese número refleja entusiasmo real, sino más bien cortesía estadística.
Y mientras otros dentro de MC construyen estructuras, afinan discursos y acumulan presencia, Suárez parece haber optado por una estrategia distinta: desaparecer en cámara lenta. Una hazaña peculiar en tiempos donde incluso la mediocridad suele hacer ruido.
En los corrillos políticos el tema ya ni siquiera provoca debate, sino burla abierta. El “changuito”, como lo apodan sin demasiada discreción, no solo compite contra otros aspirantes, sino contra su propio historial… y aun así logra perder. Otra vez.
Lo verdaderamente notable no es que esté en último lugar. Eso ya es costumbre. Lo sorprendente —si algo queda por sorprender— es la disciplina con la que se mantiene ahí, inmune a campañas, contextos y oportunidades. Como si cada medición fuera simplemente la confirmación de una profecía que él mismo se empeña en cumplir.
Rumbo a 2027, en Movimiento Ciudadano las cifras comienzan a definir quién tiene futuro. Y en ese ejercicio de selección natural política, algunos avanzan, otros resisten… y unos más, como Delfino Suárez, ya solo participan como referencia de lo que significa quedarse fuera.
Porque si algo ha quedado claro, es que lo suyo no es competir. Es, con admirable terquedad, perder. Y hacerlo, además, sin margen de duda.
